Una discusión más. Él grita. Ella llora en un rincón mientras se repite que no puede seguir así.
Una y otra vez, mientras él la deja sola y se va con sus amigos.
Ella sabe que volverá a dormir solo, como tantas otras noches, y él sólo piensa en divertirse para olvidar la rutina.
Ella sabe que volverá borracho, y él sabe que ella fingirá estar dormida.
Ella tiene miedo, y él le da mil y un motivos para tenerlo.
Ella se queda dormida esperando a que él vuelva. Y él está divirtiéndose, ha conseguido olvidar la monotonía.
Ella no le escucha entrar en casa, y él cree que finge estar dormida.
Él comienza a gritarle, a golpearle; pero ella no despierta.
Sus hijas aparecen en la puerta reclamando su cena, pues ella ha estado toda la tarde en la cama.
Él llama a una ambulancia que se la lleva al hospital. Ella es ingresada por sobredosis de tranquilizantes. Él comienza a preocuparse.
Pero ya es demasiado tarde, y el médico confirma sus peores temores.
Las niñas preguntan por su madre. Él no sabe qué decirles.
Es un asesino, no se dio cuenta a tiempo, él la mató poco a poco.
Con cada discusión, cada grito, cada insulto, cada golpe de él... ella iba mueriendo lentamente, y él no se dio cuenta.
Él debe hacer algo. Deja a las niñas con sus abuelos y les pide que las cuiden siempre.
Luego coge el coche y se toma los tranquilizantes que quedan en el frasco de su esposa: cinco en total...
Él se despierta en un quirófano, acaban de amputarle ambas piernas.
Su condena comienza. Ella es capaz de descansar por fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario